domingo, 27 de marzo de 2011

Compañero canapero

Lo confieso sin atisbo de verguenza alguna, soy una canapera profesional.

Con la mayoría de los eventos al final de la tarde no te da tiempo a pasar por casa a cenar, por lo que llegar al sitio en cuestión y regarte de forma gratuita con alcoholes varios sólo sirve para que acabes prometiendo regalar chaquetas a diestro y siniestro como si de tarjetas de visita se tratasen (sorry, not possible). Con el objetivo de evitar desastres y sobre todo porque soy de muy-muy buen comer suelo lanzarme a por los canapés, para sonrojo de mis acompañantes, como si no hubiera un mañana. Sin embargo la semana encontré a alguien con el mismo ansia impúdica que yo, alguien cuya acompañante me confesó que había rehusado comer su pienso habitual en casa porque, de alguna manera inexplicable, sabía que iba a un lugar donde podría mendigar a gusto.

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Su mirada de concrentración es sólo comparable a la de los samurais antes de entrar en combate. Entre él y yo acabamos con todo un ejército de sandwiches de jamón.